6. El Conocimiento Espiritual
Antes de hablar de Conocimiento Espiritual hemos de detenernos en el simple conocimiento. Vivimos en la actualidad en medio de una ingente cantidad de datos, información, vídeos, fuentes, una IA cada vez más presente, que modela la información a conveniencia... Además, a todo ello podemos acceder al instante, de inmediato, en cualquier momento y en cualquier lugar. Es lo que llamamos un mundo conectado.
Pero ¿estamos conectados realmente? ¿A qué es exactamente a lo que estamos conectados? ¿Qué importancia puede tener el conocimiento en un mundo que cree saberlo y tenerlo todo a mano?
Gracias al exponencial desarrollo de la tecnología en los últimos años, lo tenemos todo muy fácil, muy accesible, muy a la mano. Y eso es algo, sin duda, maravilloso, que constituye todo un logro de la evolución humana. Los problemas aparecen cuando no hay un filtro ante toda esa amalgama de informaciones indiferenciadas, cuando no hay un criterio mínimamente consciente para distinguirlas y utilizarlas, un mínimo sentido o control racional de las mismas.
Y todo ello acontece mientras nosotros pensamos que somos libres, más libres que nunca. Que por ello somos poderosos, sofisticados, aventureros e inteligentes, como nunca antes en la Historia, sin tener que dedicar apenas tiempo y esfuerzo en aprender nada de nada.
Los expertos de hoy son los que dominan las últimas tecnologías, o los que son muy entendidos en algo muy concreto, super-especializado, pero en nada se parecen a los seres humanos a los que, en la Historia, hemos llamados sabios. No encontramos muchas personas en la actualidad verdaderamente comprometidas con el conocimiento, estudiosas de múltiples materias. En épocas anteriores, las personas que poseían conocimiento abarcaban muchos campos del saber y eran capaces, por ello, de percibir patrones y similitudes en la realidad, por la visión de conjunto que les aportaba el conocimiento interdisciplinar. Estas personas eran altamente valoradas en la sociedad.
El desarrollo de las mentes actuales se deteriora progresivamente, y con ello nuestra visión de nosotros mismos, del mundo, de la humanidad, de la Tierra y de la verdadera realidad. Y el hecho de creer que somos hoy los más sabios de todos los tiempos, evidencia la soberbia de una ignorancia colosal y generalizada.
Es momento ya de poner luz en toda esta amalgama conceptual y existencial en la que permanecemos atrapados y tratar de ordenar tanta confusión.
Empecemos por el principio. Todos los datos con los que nos encontramos no podemos darlos por ciertos (hoy menos que nunca), y ese es el primer punto a tener en cuenta, porque se necesita criterio para discernir con qué quedarnos para investigar y qué es aconsejable desechar porque solo empaña, en lugar de aclarar la realidad. Pero es que además, no es lo mismo datos que información, conocimiento o sabiduría. Los datos no son información, la información no es conocimiento, ni el conocimiento sabiduría.
Los datos son hechos constatables que la información maneja a conveniencia, según sea el propósito de quien la utiliza en cada momento. Pero la información tampoco es conocimiento, porque estar informado no significa en modo alguno tener conocimiento sobre algo, pues el conocimiento implica haber accedido, comprendido e integrado los contenidos subyacentes a las informaciones.
Avanzar en el conocimiento supone un proceso de reflexión activo. La construcción del conocimiento es un complejo proceso mental interior, que ocurre “de dentro hacia afuera”, y no solamente de recepción de las informaciones, es decir “de fuera hacia dentro”. Hoy todo ese proceso interior de elaboración del conocimiento no se considera necesario, y se incita además desde todas las instancias a consumir información exterior, alejándonos de nuestro ancla interior.
¿Y qué hay de la sabiduría? Porque hemos dicho que el conocimiento no es sabiduría. Ella implica dar un paso más en esta progresión.
Con sabiduría hacemos referencia a un grado sobresaliente en el dominio de cualquier conocimiento, es decir, a tener perfectamente integrados con gran profundidad muchos aspectos complejos en una determinada disciplina. Nos referimos, por ejemplo, a los doctores y catedráticos universitarios, que han alcanzado un nivel elevado de conocimiento y, por tanto, de autoridad respecto de su campo temático, y cuyas aportaciones se consideran de un gran valor, valor que les otorga la sabiduría alcanzada.
Pero este no es el final del camino, pues para ello es preciso acudir al término Sabiduría con mayúsculas. Porque no es lo mismo sabiduría que Sabiduría. Y en la entrada número tres hablábamos de Sabiduría ancestral.
Atrevernos a hablar de Sabiduría, supone dar un salto muy significativo respecto a todo lo anterior. Los Sabios atesoran sabiduría, ya no de un campo de conocimiento concreto, sino de varios a la vez; con lo cual, están dotados de una perspectiva que no poseen los que profundizan en una sola materia. Son capaces así de percibir los patrones que tejen las diferentes realidades, como si pudieran ver más allá o a través de lo que tienen delante, accediendo a las diferentes caras del prisma.
Aunque lo que verdaderamente diferencia a los Sabios de todos los niveles anteriores que hemos esbozado y, por tanto, del resto de los seres humanos, es su dimensión ética.
La dimensión ética es inherente a la Sabiduría.
Si el conocimiento transforma la estructura mental de las personas, la Sabiduría roza su estructura ESENCIAL, es decir, su consciencia, ya iluminada. La Sabiduría implica, por lo tanto, un grado de evolución superior.
A lo largo de la historia de la humanidad, han pasado por aquí grandísimos Sabios, auténticos genios (ya hemos hablado de ellos) cuya huella en la Historia es un bagaje de conocimientos de inefable valor: un legado que adquiere hoy una importancia colosal.
El interés genuino por alcanzar el conocimiento está siendo hoy prácticamente borrado de la mente (y de la voluntad) de las personas. Y supone la única garantía de no convertirnos en unos seres humanos ignorantes, dóciles y pusilánimes frente a los retos ante los que ahora nos encontramos.
El ser humano lleva demasiado tiempo repitiendo las mismas conductas, los mismos patrones y, por tanto, generando una y otra vez los mismos resultados. En los diferentes capítulos de la Historia, terminan siempre aflorando las mismas conductas, que proceden de la misma perspectiva de la vida. Perspectiva egocéntrica que nos ha caracterizado desde tiempos inmemoriales, a pesar de las voces de la Sabiduría, que se han levantado desde todos los puntos de la Tierra, para tratar de enmendar los errores cometidos, una y otra vez, por esta especie dolorida y obstinada.
Nos comportamos como meros entes físicos, aislados unos de otros, que han aparecido aquí de repente y no tuviéramos otra cosa que hacer que sobrevivir, perseguir espejismos y pasar el rato.
Esto nos lleva a pelearnos incansablemente los unos con los otros y con todo a nuestro alrededor: por conseguir privilegios, por dominar a los demás, por poseer, por proteger, retener, acumular y defender los recursos. Pero los sabios nos han dicho claramente, una y otra vez, que la Vida nada tiene que ver con todo eso.
El ser humano solo podrá evolucionar si empieza a verse a sí mismo, y a la vida que lo rodea, de una manera más fiel y ajustada con su verdadera naturaleza, que es de carácter espiritual y no solamente material.
El Conocimiento Espiritual no es ese conocimiento rígido, superficial y dogmatizado que nada explica, sino solamente impone ideas, conceptos y hechos. Aludimos al Conocimiento que ilumina las mentes para que avancen en la comprensión de nuestro pasado, presente y futuro individual, colectivo y universal. Este Conocimiento que permite a los seres humanos llegar al convencimiento de su unión con la Divinidad y les posibilita conocer que todos los seres están unidos al Padre: la Fuente Divina Original.
Es esta unión, progresiva e íntimamente sentida, la que transforma la consciencia del ser humano y, por tanto, su percepción y acción en este planeta.
Para entenderlo tenemos que avanzar en el Conocimiento Espiritual, que resulta hoy el único camino que puede posibilitar la evolución de esta especie hacia otro estado de consciencia más elevado y acorde con el Orden Natural. Ese avance será el que nos ayudará a generar una realidad completamente diferente a esta que habitamos hoy; porque analizando el grado de deterioro actual y contemplando el escenario en el que hemos convertido la vida en este planeta, podemos decir que el Conocimiento Espiritual constituye hoy nuestro último recurso para evitar la autodestrucción.
Gracias por compartir una reflexión tan profunda y necesaria. Me quedo especialmente con esa diferencia entre acumular conocimiento y alcanzar la verdadera Sabiduría. Podemos saber muchas cosas y, sin embargo, no haber aprendido lo esencial: mirar al otro, reconocernos en él y comprender que nuestra existencia no puede construirse desde el individualismo, la confrontación o el afán de poseer.
ResponderEliminarCreo que ahí reside también la dimensión ética de la Sabiduría: en que aquello que conocemos y comprendemos termine transformando nuestra manera de vivir. Porque el verdadero conocimiento espiritual no debería alejarnos del mundo, sino hacernos más conscientes de nuestra responsabilidad dentro de él; más humanos, más compasivos y más comprometidos con los demás.
Quizás evolucionar consista precisamente en eso: en dejar de sentirnos seres aislados para comprender que formamos parte de algo mucho mayor, que estamos profundamente unidos y que cada una de nuestras acciones tiene consecuencias en los demás.
Gracias por recordarnos que crecer en conocimiento solo cobra pleno sentido cuando también nos ayuda a crecer en consciencia.
Qué palabras tan hermosas, Patricia. Yo también siento que creemos que sabemos y la mayoría de las veces estamos ciegos. Ciegos, porque no vemos lo esencial que es lo que da sentido a cada movimiento.
ResponderEliminarMe alegro íntima y profundamente de que estas reflexiones le sirvan a alguien más que a mí misma. GRACIAS, a tí y a la Vida, por tu presencia, por el regado de recorrer este camino junto a ti.