5. La Verdad y las religiones

5. La Verdad y las religiones

“Nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira". Existe una gran sabiduría en los refranes populares, que pasamos por alto en la mayor parte de las ocasiones. Detenernos a reflexionar acerca de la verdad resulta una parada obligatoria, un requisito imprescindible a la hora de abordar el conocimiento, especialmente el de índole espiritual. 

¿Qué es la verdad? ¿Qué nos dice el relativismo? ¿Existe algún tipo de verdad objetiva? ¿Qué hay de verdad en las religiones, existe alguna conexión entre ambas?

Estos serán los temas en los que nos detendremos a reflexionar en esta nueva entrada de hoy. 

La verdad humana es relativa, eso es una evidencia ante cualquiera que mire objetivamente los hechos. 

La temperatura invernal es cálida para alguien de Ecuador y gélida para quien vive en Finlandia. Este ejemplo es sencillo, pero retrata exactamente de qué manera la vivencia de la temperatura es subjetiva, dependiendo de un factor externo como es el contexto. 

¿Ocurre lo mismo con factores internos? Exactamente igual. Pensemos en un bosque y contemplémoslo. No verá lo mismo un empresario maderero, un perseguido de guerra, un indígena, un chamán o un niño. El bosque es el mismo en todos los casos, pero la percepción de éste será diferente en función de quién sea el que mire. Creo que todos nos podemos poner de acuerdo en que la vivencia y la percepción humana son subjetivas. 

Pero si queremos avanzar en la comprensión de la realidad, es necesario que miremos en esa dirección un poco más profundamente. Y para ello vamos a partir de que, así como existe el relativismo, existe también la Verdad. La Verdad con mayúsculas, como concepto absoluto. 

Si tenemos en el centro de una habitación un elefante gigante y estamos un grupo de humanos situados a su alrededor, contemplándolo desde muy cerca, evidentemente cada uno de los observadores tendrá una percepción completamente diferente de la realidad, que será legítima y rigurosamente cierta en cada uno de ellos: unos verán la trompa, otros un colmillo de marfil, otros un ojo, otros el lomo, otros la cola, etcétera. Serán experiencias completamente diferentes y todas igual de verdaderas. 

No podemos negar que desde la perspectiva humana la verdad es algo relativo y directamente relacionado con una experiencia subjetiva. Sin embargo, tampoco podemos negar que, más allá de la percepción humana, el elefante existe. Y del mismo modo afirmamos que la Verdad con mayúscula existe, aunque solo podamos alcanzar un acercamiento parcial y subjetivo de ella. 

Como humanos no estamos capacitados para develar la Verdad, porque el plano donde se desenvuelve la vida humana es un plano limitado; y aun cuando algunos seres humanos excepcionales pudieran superar muchas de estas limitaciones, la capacidad máxima real de la mente humana no permite conocerla en su totalidad. 

Pero, si por el simple hecho de no poder conocerla en su totalidad, la negamos, es decir, la sacamos de la ecuación, nos quedamos con un absurdo sin sustancia, donde todo es nada arbitrariamente, y viceversa, donde no hay consistencia alguna, ni existencia posible. 

Eso sin contar con que percibimos la realidad dentro de un rango determinado de percepción, diferente del de los gatos, los murciélagos o las ballenas. Y sería ridículo afirmar que solo existe lo que podemos percibir los humanos. 

La Verdad existe más allá de los seres humanos, aunque ningún ser humano podrá estar jamás en posesión de ella, porque nos supera y trasciende por completo. La Verdad es Una y es Universal.

¿Qué hacemos entonces? ¿La ignoramos? ¿La buscamos? ¿Compartimos nuestras perspectivas y experiencias y tratamos de unificarlas para acercarnos progresivamente a ella? Esa decisión hemos de tomarla cada uno. 

 ¿Qué hay entonces de las religiones?

El ser humano es de naturaleza espiritual, por más que insista el materialismo en demostrar que no hay nada más allá de lo que podemos percibir a través de los sentidos corpóreo-mentales, reduciéndonos así a un cuerpo que piensa, tiene emociones y una personalidad asociada a todo ello. 

Por esta razón, el ser humano busca la Verdad, busca naturalmente fusionarse con la Divinidad, presente en la esencia genuina de su consciencia. 

A medida que las mentes evolucionan, van capacitándose para una comprensión de la Verdad más elevada y luminosa, que va variando su enfoque de la Divinidad. Todos los pueblos que han habitado el planeta han sentido esa necesidad de adorar al Creador de la Vida, manifestándola de acuerdo con su propia capacidad de expresión. Adorar el sol, la luna, el mar y las estrellas son solo ejemplos de algunas de estas formas de amor primitivo hacia algo que esencialmente late en ellos y trasciende su comprensión.

Los conceptos espirituales van cambiando en función de la evolución de las mentes que se acercan a ellos. Las religiones nacen porque el culto a Dios es una necesidad en el ser humano, similar a la de un bebé, que desde su nacimiento busca los amorosos brazos de su madre.

A lo largo de la historia, Almas con un elevadísimo nivel de consciencia han venido a habitar este planeta con el propósito de traer conocimiento a la humanidad. Sabios, Maestros y Maestras de todos los tiempos nos acercaron algunos destellos de esa Verdad Universal para iluminar las consciencias de los seres humanos. 

Sus nacimientos y, por tanto, sus legados, recorren la geografía planetaria de norte a sur y de oriente a occidente. En cada tiempo, cultura y circunstancia, estos seres humanos extraordinarios intentaron hacer comprender a sus semejantes -adaptándose a las mentes de quienes los oían en cada ocasión- los grandes conceptos universales, así como el único camino posible hacia el progreso: el camino del entendimiento, la empatía y la colaboración fraterna. 

Debido a las limitaciones mentales de quienes recibieron inicialmente estas enseñanzas, los aspectos de la Verdad compartidos en cada ocasión se han interpretado de diferentes maneras y han sido clasificados como diferentes y hasta antagónicos. Pero nada hay más lejos de la realidad. En la actualidad tenemos la capacidad de comprender que todos estos aspectos, aparentemente distintos, conforman, cual piezas de un mismo puzzle, un todo vivo e integrado, pues la Verdad Una es siempre la misma. 

Pero estas grandes Almas que trajeron el conocimiento a los seres humanos lo hacían desde un interés genuino de acercar la Sabiduría a las almas de sus hermanos. Y ellos no fundaron ninguna religión. 

Cuando estas Enseñanzas se institucionalizan en religiones, lo hacen con otros intereses añadidos; intereses de carácter humano, que son completamente diferentes a los originales, y que, en el momento en el que entran en juego, desvirtúan su verdadero propósito. Las religiones se apoderan así de las Enseñanzas de estas grandes Almas, pervirtiendo la intención genuina de esa Sabiduría traída a la Tierra, que era de carácter exclusivamente espiritual, queriendo utilizar su potencia para fines materialistas. 

Mezclar los intereses materiales con los espirituales puros genera la aparición de unos cuerpos doctrinales cargados de dogmas, ritos, y aspectos formales que actúan como intermediarios entre el ser humano y su experiencia viva y directa con la Verdad, y por tanto, con la Divinidad. 

De todos modos, en cualquier religión se puede beber de la Verdad Original, pero es necesario tener discernimiento para comprender qué parte es Verdad y qué parte es tradición y construcción humana. Emilio Carrillo utiliza la metáfora del Agua Pura y las tuberías. El Agua sería la Verdad genuina y las tuberías, las formas humanas por las que se quiere conducir esa Agua, para que tú te la puedas beber siguiendo sus normas.

La Verdad es siempre la misma, aunque en cada tradición se haya interpretado con diferentes colores. Los conceptos esenciales de las diferentes tradiciones espirituales son similares y complementarios; difieren solo en la forma de expresión y en lo que cada cultura prioriza y necesita en cada caso. Las luchas fratricidas en nombre de la religión son lo más contrario a la Verdad original que pueda llevar a cabo el ser humano. 

Todas las religiones verdaderas tienen el mismo Origen, y de todas ellas puede extraerse el néctar de una Verdad Excelsa y Universal, porque la Verdad no pertenece a ninguna religión. Pero del mismo modo es necesario precisar que todas las religiones están contaminadas por la acción del egocentrismo humano. 

Los Maestros y las religiones nos han ayudado a recorrer el sendero espiritual, cual muletas, mientras no hemos sido capaces de caminar por nosotros mismos. A todas ellas hemos de estar sumamente agradecidos por conservar la Sabiduría durante un largo tiempo de profunda oscuridad. Pero hemos de dar un paso adelante. No es tiempo ya de maestros ni de religiones, aunque bueno es lo que a cada uno le sirva. Pero, en estos momentos, cumplir los dogmas de una determinada religión no es ya suficiente: ha llegado la hora de que cada uno de nosotros recorra su propio camino espiritual. 

Dios no puede ser explicado, comprendido o expresado con palabra alguna. Dios solo puede ser “sentido” a través de una sensación honda, indeleble y eterna que embarga la consciencia humana cuando se acerca a “Él”.   

En este momento histórico en el que el relativismo ha superado ya sus propios límites y el materialismo se ha impuesto como si fuera la única doctrina razonable, es preciso que demos un salto cualitativo en nuestra visión, comprensión y acercamiento a la Divinidad. 

Es por ello y para ello que queremos aportar nuestro granito de arena con la publicación de este blog.

 

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