2. La consciencia

 

Vamos a hablar hoy del segundo concepto fundamental que tenemos que plantearnos si queremos sumergirnos en el Conocimiento Espiritual: la consciencia.  

¿Qué es exactamente la consciencia? ¿Son sinónimos conciencia y consciencia? ¿A qué aludimos cuando hablamos de consciencia? ¿Qué es el nivel de consciencia de un ser humano? ¿Y cuando hablamos de Consciencia, así con mayúsculas, a qué nos referimos? Esas son las cuestiones que intentaremos abordar en esta segunda entrada del blog. 

El ser humano es un ser autoconsciente, es decir, un ser con capacidad de percibirse a sí mismo como individualidad diferenciada del resto. Esto significa que, a diferencia de los animales, el humano piensa, reflexiona acerca de su existencia y se formula preguntas de carácter trascendente, lo cual tiene que ver directamente con su consciencia. 

   

Pero, empecemos por el principio, porque antes de hablar de consciencia hemos de diferenciar este término de este otro, conciencia (sin s), porque son dos conceptos distintos que a menudo se utilizan de manera indiferenciada.

La conciencia alude a la moral interna de cada persona, es decir, a esa especie de vocecilla interior que te susurra cuando has hecho algo que no está bien y en ocasiones no te deja dormir por las noches. Decimos entonces que tenemos “mala conciencia”. 

La consciencia, con s, nada tiene que ver con esto. Si nos vamos al diccionario de la lengua española, nos encontramos lo siguiente:

CONSCIENCIA:

1. Conocimiento inmediato o espontáneo que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones. Ejemplo: perdió la consciencia de lo que le estaba pasando.

2. Capacidad de algunos seres de reconocer la realidad circundante y de relacionarse con ella. Ejemplo: el coma consiste en la pérdida total de la consciencia.

3. Conocimiento reflexivo de las cosas. Ejemplo: actuó con plena consciencia de lo que hacía.

4. Facultad por la que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo. 


Analizando esta definición, podríamos plantear que la consciencia es una triple capacidad que tienen los seres humanos, que implica: 

-       El conocimiento de sí mismo (mirada interior)

-       El conocimiento del entorno (mirada exterior)

-       La interacción entre ambas percepciones, que se concreta en nuestra acción.

Esas tres capacidades están íntimamente interconectadas en su tercer eje: la acción en el entorno, porque el ser humano actuará en función del conocimiento que tenga de sí mismo y de la realidad que habita. 

Pongamos un ejemplo para entender lo que queremos decir: Imaginémonos en una habitación a oscuras llena de muebles por todas partes. Si no vemos nada, seguramente no entenderemos dónde estamos y nos chocaremos con unas cosas y con otras, tirando trastos, rompiendo cosas y haciéndonos daño en el camino; tanto a nosotros mismos como a aquello que nos rodea. 

Pero ¿qué pasaría si encendemos una luz? Seguramente comprenderíamos mucho mejor la situación y nos orientaremos adecuadamente hacia la salida. Además, en nuestro paso por la habitación, incluso podremos ordenar y embellecer algunas partes y retirar obstáculos para que otros no tropiecen con ellos. 

La primera forma de conducirnos por la vida reflejaría un estado de inconsciencia, mientras la segunda refiere a un caminar consciente. Y es que la consciencia es la que ilumina nuestro entendimiento.

En ese sentido, podríamos decir que la consciencia es una luz que debemos encender en nuestro interior, cultivar y engrandecer para orientarnos en la vida: para vivir lo que realmente hemos venido a vivir. 

Para ello es preciso trascender lo que aparentemente somos, para vivir conforme a lo que realmente somos. Ese es precisamente el objetivo fundamental del Conocimiento Espiritual: iluminar el camino de esta especie perdida y desviada, que tanto daño se hace a sí misma y ocasiona a su alrededor en su paso por este planeta.  

A medida que tengamos más conocimiento acerca de lo que somos y de dónde estamos, ajustaremos más la acción al medio, es decir, nuestro comportamiento será más evolucionado y, por tanto, más acorde con el sentido propio de la Vida en sí misma. Las personas tienen diferentes niveles de consciencia según sea su conocimiento de sí mismas y del entorno, lo que redundará directamente en su acción en el mundo.

Estos tres ejes van a ser precisamente los tres grandes bloques que abordaremos en esta primera parte del trabajo a lo largo de estas publicaciones: 

Eje 1: El conocimiento de lo que en realidad somos, en esencia y en apariencia.

Eje 2: El conocimiento del planeta que habitamos, y de lo que hemos hecho con él. 

Eje 3: Nuestra acción en el mundo y lo que en las tradiciones espirituales se conoce como el Libre Albedrío. 

Y antes de concluir volvemos a la última de las preguntas que planteábamos al inicio. ¿Qué hay de la Consciencia con mayúsculas? ¿A qué aludimos cuando nos referimos a Ella?

Pues a la Consciencia Pura, Absoluta, Una, de la que todo emana. Aquello que el ser humano ha tratado de nombrar con ese limitado nombre: Dios.

La consciencia humana procede de Dios, pues es una pequeña chispa de esa gran Supra Consciencia Universal. 

 

 

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